Cada vez que se acerca San Valentín, recuerdo esa historia que tanto me marcó. En mi pre – adultez, tenía como hobby irme de mochilero por el norte de
El pibe que tenía que atenderme, estaba manteniendo una charla con un amigo suyo, sobre una mujer, evidentemente ella algo le causaba, porque se sentía desde la puerta que la charla era con fervor.
Al instante de atenderme, además de la típica pregunta de ‘Qué necesita?’ continuó con un ‘Usted no es de acá, no?’… incuestionablemente, al mercado iban siempre las mismas caras, y mi mochila gigante evidenciaba que era una especie de ‘forastero’ en esas tierras. Instantáneamente, le afirmé mi condición y éste me ofreció su casa como alojamiento para esa noche.
Acepté la propuesta ya que necesitaba un baño con urgencia, y un buen plato de comida casera, además de que deseaba sacarme la intriga de quien era esa chica por la cuál hablaba el muchacho.
Caída la noche, y cumplidas mis expectativas de higienizarme y alimentarme, quedé solo con Juan, el pibe que me había atendido en el mercadito, y se me hizo prácticamente imposible no preguntarle por esa mujer de la que hablaba en el mercadito… Así, en respuesta de mi intriga, comenzó ese monólogo amoroso de parte de él, con brillo en sus ojos y docilidad en su voz.
“Uh, que pregunta, bueno, la persona de la cuál hablaba es María, y no, no es mi novia, antes de que preguntes por las dudas.
María es una chica que conocí hace un par de meses, es única e incomparable. Estamos en algo, pero no te podría definir bien que es ese ‘algo’, lo único que te puedo describir es que nunca nadie me había hecho sentir de ésta manera; hasta me parece utópico no pensarla los 60 segundos de todos los minutos que tiene el día, es la primera vez que una flaca me pega tan fuerte, y realmente cuando la veo, o tengo algún contacto con ella me quedo mudo y sin acciones, las piernas a veces llegan a temblarme y mi temor de equivocarme en el más mínimo detalle es tan inmenso que termino paralizándome.”
Acababa de conocerlo, no conocía a ella, pero sabía que era amor de verdad. La expresión era clara como el agua cristalina del Caribe, pero a la vez fogosa como la lava del volcán más feroz del mundo.
Por dicho motivo, le comenté que en mis ratos libres me encantaba escribir sobre historias amorosas, y que era la primera vez que veía algo tan puro en la realidad, y que en mis planes, previa autorización suya, tenía pensado quedarme un par de días mas en la ciudad, para poder ver o sentir un encuentro amoroso poco intimo y así poder confirmar mi teoría del verdadero afecto entre ambos. Enseguida obtuve el visto bueno de su parte, y me dijo que al otro día iban a encontrarse donde se encontraban siempre, que los podía ‘seguir’ pero que en lo posible no se hiciera notar ese seguimiento. Obviamente acepté la propuesta inmediatamente a que Juan terminó de planteármela.
Faltaban 20 minutos para el horario en el que estaba pactado el encuentro amoroso, y el pibe salió de su casa empilchado, perfumado y con una sonrisa que transmitía felicidad y a la vez nervios. Llego al destino con 5 minutos de anticipación, se sentó en el tronco de un árbol que había sido cortado al medio, y espero que llegara María.
19:34, con 4 minutos de tardanza, hizo su aparición una preciosa muchacha, la descripción que me había hecho Juan coincidía a la perfección con como era físicamente la famosa María. Su cabello largo y de un color marronazo claro le quedaba a la perfección con su rostro auténtico. La sonrisa de ella era contagiosa, y en sus ojos se notaba un brillo que movía montañas.
A partir de esos detalles, me empecé a dar cuenta de porque Juan estaba tan enamorado.
Se saludaron con un beso en la boca, que no por ser un beso en la boca dejó de demostrar timidez. El muchacho la abrazó y susurró a su oído algo seguramente dulce, porque ella esbozó una sonrisa de esas que se nos escapan cuando la persona que deseamos nos dice algo lindo.
El amor flotaba en el aire, se palpaba en una primera impresión. La historia que sospechaba que iba a encontrar quedaba chica, ése amor era único en serio.
Después de una breve charla, mezclada con un par de besos apasionados pero no por eso menos tiernos, enfilaron camino para el lado del aeropuerto, sin contacto alguno entre ambos, iban caminando mirando pa’l frente como diría alguno del campo, y cada tanto cruzaban alguna mirada que otra. Era el típico camino del amor, donde la vergüenza todavía flotaba en el aire.
Recién en la octava cuadra de camino, se pararon, sin quitarse la mirada de encima, y a través de un abrazo por el viento que había (Pa’ quien no conoce Neuquén, cabe comentarle que en dicha ciudad siempre hay viento) se besaron y rieron un par de veces. Terminado el acto de amor, siguieron camino, ésta vez un poquito más cerca el uno del otro.
Evidentemente llegaron al lugar de destino un par de cuadras después, el sitio a donde habían llegado era un parque enorme, un lugar cuasi perfecto para el encuentro amoroso de algunas parejas adolescentes. Al ingresar, se acomodaron en el pastito y ahí si, la bendita vergüenza desapareció por completo.
Luego de una larga y dócil sesión de besos, abrazos y mimos, el viento fue el único testigo de una particular charla. Juan estaba encima de ella, cuando la quedó mirando fijo a los ojos y empezó a hablar. Se lo notaba nervioso, como enredado en sus propias frases, y ella disfrutaba de esto. La charla, que no pareció tan larga, captó la atención de la luna, que decidió aparecer de su escondite para ser deponente de la misma conversación, con la compañía del viento. Fue evidente que las palabras del joven ‘galán’ tuvieron su premio, porque después de que éste mirara el cielo, arrancará un cacho de hierba y besara a María, la sesión de mimos y abrazos continuó… no por mucho tiempo, era tarde y había que volver a casa.
La caminata de regreso fue muy diferente a la del inicio, ésta vez, la unión de ambos iba a través de las manos, iban firmemente agarradas como si fueran una pareja con título y todo. El frío se hizo presente y Juan le cedió su campera como abrigo, y continuaron caminando. Se detuvieron un par de veces durante el camino para besarse, abrazarse y mirarse; siempre dulcemente, siempre con amor.
El destino fue más cercano de donde habían partido, una garita de colectivo le habría paso a una calle que iba hacia la barda, y ahí se detuvieron. Me detuve con ellos, para observarlos, y terminar de sacar mis propias conclusiones.
El adiós evidentemente estaba cerca. Él, un par de centímetros mas alto que ella, se paró un escalón por debajo, y quedaron enfrentados por enésima vez en la tarde noche. Ella lo miro, y suavemente pasó sus brazos por alrededor de su cuello, el tomó de su cintura y así empezó ese beso que demostraba para cualquiera que fuera testigo, que esa pareja se quería de verdad.
Por su costado, durante el beso, pasaron aproximadamente 20 personas, pusieron música a todo volumen, un colectivo se detuvo por medio minuto atrás de ellos, y las conversaciones de la gente eran largas y ruidosas… sin embargo, ninguno de estos factores detuvo el amor que había en esa burbuja. ¡Si hasta el viento sintió que estaba de más y se detuvo!
El resultado estaba a la vista de cualquiera, era amor verdadero, y nada podía detenerlo. Ni una masa de personas, ni un colectivo, ni música, ni nada… simplemente un llamado telefónico, y ni siquiera eso fue suficiente, porque cuando la joven colgó, el beso volvió a ser el rey del encuentro entre ambos.
Se acercaba el horario de partido de mi colectivo, y me pareció inapropiado irrumpir en ese momento. Les pasé por atrás, y ni siquiera lo notaron, siguieron demostrándose ese amor puro y único. Ese amor que tal vez se consigue una sola vez en la vida, ese amor que tal vez fue eterno.
Ha pasado su buen tiempo desde que sucedió esta historia, y no se en que habrá finalizado. Tal vez hoy tengan hijos juntos y sigan casados. Como tal vez el destino les dio un golpe inesperado. Lo que si les puedo asegurar, es que ni María ni Juan podrán olvidarse vez alguna de ése romance, de esa fogosidad, de esa ternura… porque eso… eso era único.

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