Mario era un tipo común y corriente. Cincuenta y siete años marca su documento, de los cuales 32 se los pasó ordenando papeles y firmando solicitadas en una oficina. Una vez, en uno de sus tantos recreos, mientras fumaba su cigarrillo recordó sus sueños de adolescencia. La pelota de fútbol, los guantes de arquero, los buzos y las ilusiones eran cosa constante de esa época... "¿Por qué no habré seguido mi corazón?" pensó mientras lanzaba la colilla al charquito de agua de la vereda.
Pero lo cierto es que todo tiene un porque. Marito, o el Pulpo como se lo conocía en el Barrio, era el arquero de Deportivo Perno. El buzo número 1 era solamente de su correspondencia debido a sus altos rendimientos. Tan bien atajaba, que más de una vez sus compañeros le insistieron para que fuera a probar suerte a la Capital, pero el siempre respondía con una carcajada; como dando a entender que semejante idea era un poco exagerada.
El fin de la carrera futbolística de Mario, se dió en Abril del 68. El Depo Perno se enfrentó a su clásico de toda la vida, el Maipú, en la final del interbarrial correspondiente a ese año. El partido, como todo clásico, fue cerrado y a partir del empate en cero, se terminó definiendo por penales.
Todo el barrio estaba presente en el campito del Deportivo Perno. Familiares, amigos, conocidos y también Nora. Una muy linda chica que volvía loco a Mario. Él sabía de su presencia en el Estadio, y por eso se obligó a rendir más de lo normal en el arco para impresionarla.
La definición transcurrió normalmente. Ambos equipos convirtieron los 4 penales previos al definitorio y así, en el marcador seguía el empate. Marito había adivinado el lugar al que iría la pelota en dos ocasiones, pero su estirada había resultado esteril ante la buena colocación de los shoteadores.
El último penal por parte del Depo Perno fue desechado por el 10. Miguelito López había mandado la pelota a casa de doña Hilda, y así, Mario se veía obligado a contener el disparo de José Soto, de lo contrario, su equipo quedaría eliminado en su propia casa. Soto era un verborrágico número 2, que además también pretendía conquistar el corazón de Norita. Era la oportunidad del año para el "Pulpo", de contener el remate, no solo le salvaría las papas a sus compañeros, sino que también podría impresionar a la mujer que le quitaba el sueño.
Soto caminó los 45 metros que separaban el centro del campo y el punto del penal con una sonrisa relajada y sobradora. Demostraba que la situación no le pesaba sobre los hombros, y que los silbidos de las 200 personas presentes solamente le inflaban el pecho. Tomó la redonda, la acomodo suavemente en el punto del penal, y miró fijo a los ojos a Mario... desafiandolo. Cogió una larga carrera, que llegaba hasta la medialuna del área grande y esperó pacientemente la órden del juez.
El silbatazo fue corto pero intenso, y apenás finalizó, Soto comenzó a trotar camino al balón... con un violento remate, sacudió al medio del arco, pero se topó con las manos de Mario, que sin ver para donde iba la pelota, salió saltando de alegría al grito de "Soy el Pulpo, soy el pulpo". Fue en ese instante, donde buscó a Norita con su mirada, y cuando la encontró se sorprendió al ver la cara de desesperación de la mujercita. El remate había sido desviado hacía arriba, pero no había salido del campo de juego, y mientras Marito festejaba anticipadamente, la pelota a paso de tortuga ingresaba tras una rara parábola. Era gol, eliminación y sobre todo ridiculización para el portero.
Al salir del vestuario, El Pulpo se dirijió a su entrenador y le comentó que había decidido abandonar el Fútbol. La explicación fue "Del ridiculo no se vuelve, Antonio. Hoy yo fuí ridiculo".
Triste final para una carrera que apostaba a más luces que sombras, pensó Mario luego de firmar la octava petición de entrevistas del día. "Quizá si tomaba coraje y enfrentaba al fracaso, mi felicidad hoy sería mayor", susurró dejando la birome de lado.
